Que le den al muro, al amanecer de un nuevo año y al amor por casualidad. Los días en que quieres morirte son los mejores, hoy me apetece explotar.
Decir que por muchas capas de pintura ricas y lujosas que revistan los muros de los monumentos romanos, dentro solo había cascotes, piedras pobres y mierda. Al igual que por muchas veladuras que nos des vamos a acabar en nada, porque las cosas son así, siempre han sido así y nosotros no vamos a cambiarlas.
Nadie tiene derecho a proclamarse a sí mismo excepción.
Nosotros tampoco.
Me voy, a reconstruirme la burbuja de ladrillos que tú destrozaste.
No quiero exponerme al mundo que está outside the wall, tengo mal de altura y quiero irme a casa.
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domingo, 12 de febrero de 2012
martes, 29 de noviembre de 2011
de háblame a daño cerebral en unos párrafos
Háblame.
Olvida el sol. Ven a ver luces. Astronautas en amarillo, rojo, azul y blanco. Hace menos de diez grados y aquí dentro no se nota. Inventa ciclos infinitos de auroras boreales que llenen de luz esta noche sin luna. Una luna de completo lado oculto, aún por eclipsar.
Tenía agujetas en el estómago de vomitar sentencias irónicas, acuciantes, los dedos quemados de apartar lágrimas y la vista cansada de mirar sin ver. Así que bajo cuatro mantas y con la mente en standby trataba de conciliar el sueño. El insomnio es la única enfermedad non nata de mi hipocondría, me recomendaron muchas nanas, pero las nanas son cerillas y el insomnio una manta densa de oscuridad en una carretera que nunca acaba. Dormiré cuando París se acabe. Y parís no se acaba nunca.
¿Quieres un mensaje apocalíptico? Si escribiese un libro, lo quemaría. Los bebés viejos mueren ahora diagnosticados. Me encuentro en una sala esterilizada y el Etna está en erupción. Hay vinilos en llamas, ¿esque nunca volveremos a escuchar ese final?. Sigue el camino de luces de farolas moribundas y explota a su paso, en el puente de ninguna parte, donde rompen las olas, se han colgado tus recuerdos. Nieva...¿y qué? A nadie le importa.
Es tiempo de relojes derretidos, Kronos está desquiciado. Pasa el tiempo, pero silencioso para que no le oigamos. Sucede que pasa, pero no ocurre. Ocurre más rápido que el tiempo, que estás, estoy, y estamos.
Llegaré tarde otra vez.
Y es que fui yo quien fue a perder. Nadie me dijo cuando tenía que empezar a correr y perdí el pistoletazo de salida. Ahí...donde las pirámides de Egipto están atravesadas por un arcoiris que se descompone en líneas que bailan hacia la nada. Un tsunami me arrolla, en espiral.Y luego atardeceres.
Ocre y gris.
Aunque yo no sé de colores.
Me convierto en submarino, es entonces cuando me ahogo (18:31).
Llueven monedas y luego un caleidoscopio, ahora lo entiendo, será aquí donde vinieron a parar las líneas fugaces del arcoiris.
Esas nubes, esos charcos. Ha llovido.
Ha llovido, y la lluvia se lo ha llevado.
Amanece y desaparece. Y vuelve a parecer que esto es enorme, que soy un punto de luz fundida en medio de un universo infinito, replegado sobre otro que no lo es. Vuelve a sonar la misma canción y vuelvo a querer olvidarme de quien soy para recordar qué es lo que me ha llevado a esta parte del muro.
(33:02) Hasta donde quieras que acabe.
Lo cierto es que estas noches son las peores.
lunes, 30 de mayo de 2011
Baile eterno de máscaras sin dueño.
Reconozco que a veces se me olvidó que sólo cumplía un papel secundario en aquella historia de actores anónimos que buscaban un papel principal en el complejo escenario de la existencia.
Que tras los decorados deambulaban como zombies sin sentimientos, escondidos bajo máscaras de sonrisas enlatadas, llantos profusos pintados en gouache y amor de papel maché.
Entrelazando abrazos en lazos de colores, deshilachados como la paja de un espantapájaros jubilado. Pintándose las verdades en blanco impoluto que al secarse se desgarra.
Pero hasta los mimos lloran su vacío y se pierden sus miradas en el infinito al cual saben que jamás llegarán a comprender.
Y entre camisetas de paso de cebras intercalan rayas de cocaína, para sumirse en un universo que, aun no siendo el suyo, se acerca un poco más a la realidad que necesitan.
Llegados a un punto extremo de agonía escapista desnudan su vacío y abren su alma al mundo, entonces se quitan las máscaras, y lloran.
Que tras los decorados deambulaban como zombies sin sentimientos, escondidos bajo máscaras de sonrisas enlatadas, llantos profusos pintados en gouache y amor de papel maché.
Entrelazando abrazos en lazos de colores, deshilachados como la paja de un espantapájaros jubilado. Pintándose las verdades en blanco impoluto que al secarse se desgarra.
Pero hasta los mimos lloran su vacío y se pierden sus miradas en el infinito al cual saben que jamás llegarán a comprender.
Y entre camisetas de paso de cebras intercalan rayas de cocaína, para sumirse en un universo que, aun no siendo el suyo, se acerca un poco más a la realidad que necesitan.
Llegados a un punto extremo de agonía escapista desnudan su vacío y abren su alma al mundo, entonces se quitan las máscaras, y lloran.
domingo, 29 de mayo de 2011
Mi tienda de nostalgia.
Sous le ciel de Paris hay millones de pequeñas luces de color mecidas por una suave brisa de media noche. Sonando las campanas que anuncian las doce en punto, no muy lejos de Montmartre cruzando por el Boulevard de la Chapelle, alguien pasea por sus calles.
Los escaparates están completamente dormidos, París descansa. En el segundo preciso en el que un gato negro se sienta a los pies de la escalinata del Sacre Coeur se enciende la lucecita número millón y una. En color azul.

Y despierta un escaparate de una tienda de recuerdos, una tienda de nostalgia. En la que encuentras negación de todos los tipos posibles en tarritos que te esperan con tu nombre escrito. La negación al presente y el anhelo de transportarte a un pasado mejor.
La nostalgia no es otra cosa que una enfermedad generacional, para la cual no existe cura, ni antibiótico posible. Siempre existiremos algunos soñadores que pensamos que un tiempo pasado pudo ser mucho mejor.
Siempre existiremos los que echamos de menos lo que escondimos al fondo de nuestro tarrito de recuerdos a olvidar.
Que nos evadimos a ratos en el pretérito por muy imperfecto que sea, y desaprovechamos un presente que luego echaremos más de menos aún.
Paseando siempre por los mismos lugares, de noche y bajo la lluvia.
(Y cayendo en los mismos errores)
Los escaparates están completamente dormidos, París descansa. En el segundo preciso en el que un gato negro se sienta a los pies de la escalinata del Sacre Coeur se enciende la lucecita número millón y una. En color azul.
Y despierta un escaparate de una tienda de recuerdos, una tienda de nostalgia. En la que encuentras negación de todos los tipos posibles en tarritos que te esperan con tu nombre escrito. La negación al presente y el anhelo de transportarte a un pasado mejor.
La nostalgia no es otra cosa que una enfermedad generacional, para la cual no existe cura, ni antibiótico posible. Siempre existiremos algunos soñadores que pensamos que un tiempo pasado pudo ser mucho mejor.
Siempre existiremos los que echamos de menos lo que escondimos al fondo de nuestro tarrito de recuerdos a olvidar.
Que nos evadimos a ratos en el pretérito por muy imperfecto que sea, y desaprovechamos un presente que luego echaremos más de menos aún.
Paseando siempre por los mismos lugares, de noche y bajo la lluvia.
(Y cayendo en los mismos errores)
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