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miércoles, 25 de abril de 2012

Desde un segundo en Londres.

Desde un segundo a un primero en esta ciudad de los charcos, te pido por favor que vuelvas a ser tú. Les regalo a los problemas un vuelo de sólo ida a la Mierda y espero que también tú puedas hacerlo. Realmente no sé qué va mal pero tampoco qué va bien. Un ratón de alcantarilla chillón y asustadizo tiene más valentía que yo, que me he convertido en una bola de polvo nerviosa y deprimente, o deprimida, no lo sé.
Sólo sé que no quiero volver, porque allí están ellos, los seres esos, las malas lenguas, los problemas, y el tiempo. Saturno está allí afilando su guadaña al tiempo que espera cruzarse con nosotros y cortarnos la cabeza. Y yo lo sé, y espero, sin resistencia, el afilado y duro instante que acabará con nuestra vida.

Después de eso nada. Enmudecería el eco para siempre, y Ringo carecería de sentido, al igual que mi balcón a la ciudad y la habitación azul, que sin ti no son más que arquitecturas efímeras, ruinas de un sueño que quedó en el inconsciente del soñador amnésico.

No quiero, no quiero que acabes, nos queda mucho más que hacer. No quiero irme, quiero quedarme, aquí, allí, en todos lados, contigo. En albero, en luces de color, en noches reversibles, en sonidos de mar estrellado, en campos de fresa para siempre. Me atrevo a decirlo, para siempre.

Aquí estoy, a dos metros sobre ti y en medio una capa de linóleo y moqueta grisácea. Así que ven, atraviésala, ¿qué son unos centímetros para nosotros que hemos surcado millas juntos? ¿para nosotros que nos ha calado la lluvia y quemado el sol? Durante casi 500 días de ecos y casualidades.
 Así que ven, ven pronto. 
Porque, de nuevo, te estoy esperando.

domingo, 29 de mayo de 2011

Mi tienda de nostalgia.

Sous le ciel de Paris hay millones de pequeñas luces de color mecidas por una suave brisa de media noche. Sonando las campanas que anuncian las doce en punto, no muy lejos de Montmartre cruzando por el Boulevard de la Chapelle, alguien pasea por sus calles.

Los escaparates están completamente dormidos, París descansa. En el segundo preciso en el que un gato negro se sienta a los pies de la escalinata del Sacre Coeur se enciende la lucecita número millón y una. En color azul.


Y despierta un escaparate de una tienda de recuerdos, una tienda de nostalgia. En la que encuentras negación de todos los tipos posibles en tarritos que te esperan con tu nombre escrito. La negación al presente y el anhelo de transportarte a un pasado mejor.

La nostalgia no es otra cosa que una enfermedad generacional, para la cual no existe cura, ni antibiótico posible. Siempre existiremos algunos soñadores que pensamos que un tiempo pasado pudo ser mucho mejor.

Siempre existiremos los que echamos de menos lo que escondimos al fondo de nuestro tarrito de recuerdos a olvidar.

Que nos evadimos a ratos en el pretérito por muy imperfecto que sea, y desaprovechamos un presente que luego echaremos más de menos aún.

Paseando siempre por los mismos lugares, de noche y bajo la lluvia.
(Y cayendo en los mismos errores)