lunes, 30 de mayo de 2011

Baile eterno de máscaras sin dueño.

Reconozco que a veces se me olvidó que sólo cumplía un papel secundario en aquella historia de actores anónimos que buscaban un papel principal en el complejo escenario de la existencia.

Que tras los decorados deambulaban como zombies sin sentimientos, escondidos bajo máscaras de sonrisas enlatadas, llantos profusos pintados en gouache y amor de papel maché.

Entrelazando abrazos en lazos de colores, deshilachados como la paja de un espantapájaros jubilado. Pintándose las verdades en blanco impoluto que al secarse se desgarra.

Pero hasta los mimos lloran su vacío y se pierden sus miradas en el infinito al cual saben que jamás llegarán a comprender.

Y entre camisetas de paso de cebras intercalan rayas de cocaína, para sumirse en un universo que, aun no siendo el suyo, se acerca un poco más a la realidad que necesitan.

Llegados a un punto extremo de agonía escapista desnudan su vacío y abren su alma al mundo, entonces se quitan las máscaras, y lloran.