domingo, 29 de mayo de 2011

Mi tienda de nostalgia.

Sous le ciel de Paris hay millones de pequeñas luces de color mecidas por una suave brisa de media noche. Sonando las campanas que anuncian las doce en punto, no muy lejos de Montmartre cruzando por el Boulevard de la Chapelle, alguien pasea por sus calles.

Los escaparates están completamente dormidos, París descansa. En el segundo preciso en el que un gato negro se sienta a los pies de la escalinata del Sacre Coeur se enciende la lucecita número millón y una. En color azul.


Y despierta un escaparate de una tienda de recuerdos, una tienda de nostalgia. En la que encuentras negación de todos los tipos posibles en tarritos que te esperan con tu nombre escrito. La negación al presente y el anhelo de transportarte a un pasado mejor.

La nostalgia no es otra cosa que una enfermedad generacional, para la cual no existe cura, ni antibiótico posible. Siempre existiremos algunos soñadores que pensamos que un tiempo pasado pudo ser mucho mejor.

Siempre existiremos los que echamos de menos lo que escondimos al fondo de nuestro tarrito de recuerdos a olvidar.

Que nos evadimos a ratos en el pretérito por muy imperfecto que sea, y desaprovechamos un presente que luego echaremos más de menos aún.

Paseando siempre por los mismos lugares, de noche y bajo la lluvia.
(Y cayendo en los mismos errores)